Dios nos dice que las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas, para que por la paciencia y consolación de las Escrituras, tengamos esperanza (Ro. 15:4). Así que veamos algunos ejemplos de esto en la Biblia, que nos llenen de consuelo:
Dios le dio un hijo a Abraham, por el cual serían benditas todas las familias de la tierra, pero cuando era un adolescente, Dios le pidió que se lo ofrendara sacrificándolo en un altar (Gn. 22:1-3). Yo no puedo imaginar lo que eso significó para él, pues amaba a su hijo Isaac por todo lo que representaba, pero demostró con su obediencia que amaba más a Dios que a su hijo y a sí mismo, y esa era su victoria y lo es para nosotros cuando Dios nos pide ir al monte Moriah y entregarle lo que más amamos (He. 11:17-19). Dios ofreció a su Hijo en sacrificio por nosotros, a Él nadie le detuvo la mano y sus corazones, del Padre y del Hijo, sufrieron lo indecible por amor de ti y de mí.
Ester fue una niña que fue llevada cautiva junto con sus padres a Susa, capital del reino en esos días, dentro del imperio caldeo, por motivos no conocidos, quedó huérfana y creció bajo el cuidado de su primo Mardoqueo. Bien pudo llenarse de amargura por la vida tan difícil que llevó, pero no fue así, y cuando fue el tiempo, ella llegó a ser reina, de modo que también llegó a ser el medio de salvación para su pueblo, porque fue preparada en la adversidad para cumplir su destino (Est. 4:6-17).
Esa es la consolación que las Escrituras nos ministra, cuando comprendemos que el alma se forja en medio del fuego de la tribulación, que es donde Dios logra transformarnos para hacernos semejantes a Cristo (Sal. 17:15, 2 Co. 3:18). Claro que se requiere de nuestra rendición total, cuando le entregamos a Cristo nuestra vida como una ofrenda de amor y aprendemos a depender de Él. Es como morir, ser sepultado para luego resucitar a una vida sobrenatural, porque ya no es nuestra, y empezamos a vivir bajo sus condiciones, pero con todos sus recursos para cumplir su perfecta voluntad (Ro. 14:7-9).
Si estás pasando por momentos de dolor y no entiendes porqué, ten esperanza, no te mires y te auto compadezcas, mira a Dios y derrama tu corazón en adoración, como el incienso que se consume sobre las brasas encendidas del altar y llena de su perfume la casa de Dios. Es tiempo de consuelo y también de metamorfosis, porque el gusano (hombre terreno), será transformado en mariposa (hombre espiritual), para volar a las alturas y mostrar la gloria de Dios por donde te conduzca en el viento de su Espíritu Santo.
No es tiempo de aislarse, es tiempo de disfrutar del cuerpo de Cristo, pues allí encontrarás tu verdadera familia y podrás ser consolado por medio de otros que también han pasado por ese saludable proceso de la prueba, diseñado por Dios para nuestro bien y el cumplimiento de su plan en nuestra vida personal. ¡Ánimo!
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